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sábado, 11 de abril de 2009

¿Qué es la Educación Ambiental?


La destrucción de la capa de ozono, el cam­bio del clima, la desertificación, la escasez de agua dulce y la reducción de la biodiversidad son todos problemas que demuestran, entre otros, el daño ambiental provocado por algunos siste­mas de producción industriales, agrícolas, piscicultura, forestales y los estilos de vida urba­nos caracterizados por el sobre consumo. El con­junto de estas conductas ha causado un enorme deterioro de los ecosistemas, llegando al extre­mo que hoy en día los problemas ya no son locales, sino globales. No hay duda de que es necesario restablecer una relación de respeto ha­cia nuestro entorno.
Con el fin de producir los cambios de actitud y de conducta que propendan a mejorar la cali­dad de vida del conjunto de la población y a implementar sistemas sustentables de produc­ción, se ha desarrollado en el mundo la educa­ción ambiental.
La educación ambiental ha sido promovida por las instituciones educativas del más alto ni­vel mundial desde hace más de 25 años. En 1972 en Estocolmo, Suecia, representantes de las Naciones Unidas en la conferencia "Medio Am­biente Humano" recomendaron a las Naciones Unidas el establecimiento de un programa inter­nacional de educación ambiental. A continuación, la UNESCO dio inicio a una serie de talleres y con­ferencias con este propósito.
En 1975, representantes de los países miem­bros de las Naciones Unidas se reunieron en Belgrado para establecer la definición y las me­tas de la educación ambiental. En la conferencia de Tbilisi, en 1977, se delinearon los grandes prin­cipios orientadores de la Educación Ambiental para el futuro. La definición y las metas de la edu­cación ambiental acordadas en esta conferencia fueron:
"La educación ambiental es un proceso dirigido a desarrollar una población mundial que esté consciente y preocupada del medio ambien­te y de sus problemas y que tenga los conoci­mientos, actitud, habilidades, motivación y con­ductas para trabajar, ya sea individual o colecti­vamente, en la solución de los problemas presentes y en la prevención de los futuros".
Específicamente, la educación ambiental enfatiza estos cinco objetivos de desarrollo:

Conciencia: Ayudar a la población a adquirir conciencia y sensibilidad del medio ambiente y sus problemas; desarrollar la habilidad de perci­bir y discriminar entre estímulos; procesar, afi­nar y aumentar estas percepciones; usar estas habilidades en una gama de situaciones nuevas.

Conocimiento: Ayudar a la población a com­prender cómo funciona el medio ambiente, cómo el ser humano interactúa con el medio ambien­te, y cómo conflictos y problemas relacionados con el medio ambiente se inician y se resuelven.

Actitudes: Ayudar a la población a adquirir un conjunto de valores y sentimientos de preocupación por el entorno, las motivaciones y la decisión de participar en la mejoría del medio ambiente.

Habilidades: Ayudar a los educandos a ad­quirir las habilidades necesarias para identificar e investigar problemas ambientales y contribuir a la solución de ellos.

Participar: Ayudar a los educandos a adqui­rir experiencia en el uso de sus conocimientos y habilidades para actuar reflexiva y positivamen­te en la solución de conflictos y problemas am­bientales.
En Chile se han organizado reuniones y con­ferencias con el objetivo de fortalecer y desarro­llar la educación ambiental y existe consenso en la urgente necesidad de promover este tipo de iniciativas. Sin embargo, los planteamientos teó­ricos, las visiones y las estrategias planteadas en estas reuniones requieren de mayores esfuer­zos para asegurar la existencia de suficientes programas de educación ambiental en las escue­las, liceos y universidades del país.

Los desafíos de la educación ambiental

Existiendo actualmente una serie de oportu­nidades para la educación ambiental, también existen algunos desafíos que deben ser recono­cidos para desarrollar programas, establecer al­ternativas y hacer uso de las oportunidades que existen.
La educación ambiental busca un cambio cultural, que debe comenzar por establecer, el sentimiento de ser parte de la naturaleza. Sin em­bargo, es más frecuente que se tenga una per­cepción utilitaria de la naturaleza y de sus recur­sos y que se ignoren los límites naturales del cre­cimiento de las poblaciones y del uso de los re­cursos. Y que no se sienta ninguna conexión entre la conducta personal y los problemas am­bientales.

Al respecto, es importante darse cuenta que muchos de los aspectos mencionados, por ser parte de la cultura, son inconscientes y, por lo tanto, de difícil modificación. Es sabido que el cambio cultural es un proceso lento, que requie­re de un trabajo planificado, sistemático y pro­longado en el tiempo, de todos los actores del proceso educativo: la familia y el conjunto de la comunidad escolar. El cambio cultural no lo pue­den lograr uno o dos maestros por escuela, tra­bajando aisladamente de sus colegas, sin la co­laboración de las autoridades educacionales, ha­ciendo actividades esporádicas y temporales. Esto apunta a la necesidad de formar equipos de trabajo permanente, cuya misión sea organi­zar y planificar la implementación de programas de educación ambiental para todas las escue­las, liceos y universidades del país.

Un segundo desafío para la educación am­biental se encuentra en el reconocimiento que los problemas ambientales deberán ser enfren­tados no sólo a través de la aplicación de leyes y normas, procesos administrativos o tecnológicos, sino que es indispensable contar con maestros que estén motivados y se sientan capaces de liderar un proceso educativo que se oriente al cambio de valores, concepciones y actitudes sobre la relación de los seres humanos con el medio ambiente.

Esto apunta, por ejemplo, a la necesidad de establecer programas sistemáticos de perfeccio­namiento docente, donde los maestros se moti­ven por la educación ambiental, donde obser­ven y practiquen las estrategias pedagógicas conducentes a desarrollar la sensibilidad y sen­timientos de pertenencia a lo natural, donde conozcan y practiquen estrategias apropiadas para aclarar valores y fortalecer el desarrollo moral individual, donde conozcan los problemas am­bientales locales, y donde establezcan contac­tos y desarrollen redes de apoyo para colaborar mutuamente en esta tarea.

Esto también significa la reorientación del tra­bajo escolar desde su forma actual, predominan­temente lectiva, para centrar el trabajo pedagó­gico en el aprendizaje más que en la enseñan­za. Ello exige desarrollar estrategias pedagógi­cas adaptadas a los distintos estilos de aprendi­zaje, el uso de actividades de exploración, la búsqueda de información y trabajo individual y de colaboración en equipos.

Un tercer desafío se encuentra en la enorme cantidad de información acumulada por las dis­tintas ramas de las ciencias y las humanidades, todas relacionadas con el medio ambiente, que hacen imposible para un generalista, como es un educador, profundizar y ser experto en un número de ellas. Esto es un desafío, porque sig­nifica en cierta medida ceder autoridad frente a los alumnos, quienes esperan encontrar todas las respuestas en su maestro. A medida que au­menta la cantidad de información disponible y aparecen temas nuevos, se hace cada vez más importante que tanto el profesor corno el alumno sepan dónde buscar la información ambiental y que, luego de encontrarla, puedan organizarla y usarla aplicada a su realidad.

Así, cada maestro debe aceptar que no ne­cesita ser experto en ningún ámbito específico de los conocimientos tradicionales para poder ser un buen educador ambiental. Este desafío se tra­duce, en parte, en ser capaces de construir una red de fuentes de información sobre diversos temas en la región y en el país así como promo­ver el trabajo interdisciplinario. Para ser efectivo en su rol de educador ambiental, el maestro de­berá, involucrar a nuevos actores en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Estos actores alter­nativos serán aquéllos relacionados con los co­nocimientos y los problemas ambientales reales de la comuna. Pueden ser funcionarios munici­pales, del hospital o la posta, quizás un agricul­tor, un ingeniero, un abogado, un planificador o un autodidacta amante de la naturaleza.

También significa que es necesario tener bi­bliotecas o sistemas computacionales donde se encuentre información sobre la realidad ambien­tal local, regional y nacional, con vocabulario adecuado a los niveles intelectuales de los alum­nos de los distintos niveles, escolares.

Un cuarto desafío se presenta al considerar la escasa o nula posibilidad que las generacio­nes actuales tienen de experimentar vivencias y contacto con la naturaleza. Actualmente más del 80% de la población chilena vive en ambientes urbanos y carece de experiencias de contacto con ambientes naturales prístinos. El sistema educativo está seriamente limitado en su capa­cidad de ofrecer esta experiencia, tanto por el costo que ello implica, como por la rigidez admi­nistrativa del sistema educativo público, que difi­culta sacar a los alumnos en visitas que los ha­gan abandonar el recinto escolar. En la práctica esto significa que en la mayoría de las escuelas no existen programas regulares destinados a vi­sitar sitios naturales.

Esto es un problema serio, ya que ello es la primera etapa de todo programa de Educación Ambiental, puesto que permite la vivencia per­sonal del contacto con la naturaleza y da la opor­tunidad de desarrollar sentimientos de amor y de pertenencia. Además, no basta con hacer una salida a un parque una vez al año. Las visitas y es­tudios en contacto directo con la naturaleza de­ben repetirse para que el alumno se sienta cómo­do y a gusto durmiendo en una carpa o bajo un árbol. Sin miedo a los "bichos", a la oscuridad y a los sapos. Que se sienta tan a gusto, que establez­ca una relación de amor y cariño hacia toda la naturaleza. No es posible amarla sin conocerla. Finalmente, vale la pena mencionar que también constituye una dificultad para la educación ambiental la escasez de material didáctico pertinente, que ilustre la realidad de cada región. Cada país, cada región y cada comuna tienen situaciones ambientales di­ferentes, por lo tanto, no es posible dar una re­ceta y repetirla a lo largo del país. Sin embargo, existen metodologías apropiadas para el de­sarrollo de una pedagogía participativa, pertinente y centrada en el aprendizaje. El uso de juegos, debates, dramatizaciones y teatro, investigaciones de la realidad social, ecológica o cultural, el trabajo colaborativo de grupos, las observaciones y mediciones de la realidad ambien­tal local y las simulaciones son todas metodo­logías efectivas. El desafío para los maestros se encuentra en tener el tiempo, la, motivación y la capacidad, las habilidades y los conocimientos para poder seleccionar las metodologías y adap­tar los contenidos a la realidad local y regional. Es tarea del maestro ser creativo y descubrir ma­neras de entusiasmar a sus alumnos y de hacer­les relevante el currículum.

El rol del educador

En la reforma educativa y también en la edu­cación ambiental, el rol del profesor es actuar como un organizador o coordinador del trabajo en grupos, de proyectos y de actividades gru­pales. El rol del profesor es estimular, provocar y ordenar la formulación de preguntas, la búsque­da de visiones, valores y nuevas conductas.

El rol del profesor, como facilitador del traba­jo colaborativo de equipos de alumnos, consiste en organizar programas de aprendizaje orienta­dos a desarrollar y fortalecer conocimientos y habilidades, dentro de un marco de buenas rela­ciones interpersonales. En estos grupos, y en los ejercicios de formación que se darán en el aula, cada alumno deberá estudiar un aspecto del problema y deberá sumar sus esfuerzos al resto de su equipo para lograr la meta propuesta, desarrollando la habilidad o la actitud correcta para resolver o prevenir el problema ambiental. Para ello el profesor deberá servir de catalizador del proceso de enseñanza- aprendizaje, organizando, planificando, evaluando y estimulando el aprendizaje de sus alumnos sin asumir un rol protagónico.

Los maestros son muy importantes en otro aspecto del proceso educativo: la educación de valores y el desarrollo de una ética ambiental basado en principios de respeto, aprecio y valoración del medio ambiente. Los maestros deben conocer las estrategias y tener las habilidades necesarias para organizar programas educativos orientados a la formación ética y valórica, y al desarrollo moral del individuo.

Al respecto es interesante conocer las estrategias pedagógicas que se han demostrado que no son efectivas y compararlas con aquellas que la investigación educacional ha demostrado que sí lo son (ver recuadro).
Esta investigación indica que es fundamental para el éxito de la educación ambiental la práctica de una pedagogía participativa, en una atmósfera de respeto entre el educador y los alumnos, donde se organicen situaciones de enseñanza-aprendizaje de cooperación más que de competencia, donde se aclaren valores y creencias y donde se estimule la reflexión y el desarrollo moral individual.

En cuanto a las estrategias educativas útiles para lograr la participación en la solución de los problemas ambientales y la prevención de nuevos, se ha visto que es exitoso iniciar el proceso dando pequeños pasos que conduzcan a un pequeño logro. Por ejemplo, antes de iniciar una gran campaña de papel resulta conveniente hacer el esfuerzo de separar al papel del resto de la basura en la sala de clases. Lograr que los propios alumnos separen el papel dentro de su mismo entorno, para luego entregarlo al reciclaje, es un buen indicador del posible éxito de una campaña de mayor envergadura.
Una vez que se implemente este primer paso, se podrá iniciar un segundo paso, de mayor ambición y proporciones e iniciar una campaña de más alcance. Este mismo principio se debe repetir en cualquier iniciativa.

Fuente:

http://www.ecoeduca.cl/ecolideres/home.html

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